Toda historia que comienza llega en algún momento a su final, y hoy toca poner el punto y final a esta aventura que empecé hace tres años, nueve meses y veintidós días. Todos estos días han ido cargados de experiencias que difícilmente podré olvidar, así que no es fácil decir adiós. Con esta entrada también pongo fin a 202 relatos de momentos vividos en una ciudad que aunque en un principio resultó ser hostil, con el tiempo ha acabado siendo mi hogar. Y como bien dice el refrán, hay muchos sitios en los que puedes tener tu casa, pero muy pocos pueden acabar siendo considerados como tu hogar. Ahora puedo decir orgulloso, que para mi Dundee siempre será un lugar muy especial. Entiendo bien que desde fuera pueda no parecerlo, pero desde luego que hay que estar dentro para aprender a quererla tal y como es.

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Al igual que el destino me trajo a esta ciudad, la cual no sabía ni ubicar en el mapa, ahora este mismo ente caprichoso me lleva hacia el sur de la isla, a Cambridge, donde nuevas experiencias me esperan de manera desesperada. Hoy también me despido de las despedidas. Han sido casi dos semanas de abrazos y de promesas de “nos volveremos a ver” y me siento una persona muy afortunada, no tengo más que decir. De Dundee sobretodo me llevo un montón de personas conmigo, personas que jamás habría conocido si no hubiera decidido venir a parar a este sitio perdido en medio de la nada, rodeado de lagos, nubes y ovejas, y donde nada ni nadie me habría podido convencer que podía acabar. Lo mejor de todo es que sé que he hecho amigos de verdad, gente que seguirá a mi lado aunque nos separen unos cientos de millas. Y sé que no habrá fronteras o tratados Schengen que frenen lo que se ha desatado aquí en Dundee, así que puedo decir que estoy muy contento por todo lo que me llevo. Han sido unos años estupendos, un tiempo en el que he aprendido más de lo que jamás imaginé y en los que he vivido tantas experiencias que me darían para escribir un libro. O espera, puede que este blog haya sido fiel reflejo de ello y me sirva para mantener vivos todos esos momentos para siempre.

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Estoy muy contento por todo lo que ahora se abre por delante: una nueva ciudad, un nuevo trabajo y nueva gente a la que conocer. Por supuesto que me da pena dejar un montón de amigos en Dundee, pero lo que más pena me da es saber que con estas líneas cierro una etapa de mi vida y tristemente, también cierro este blog. Como decía antes, con esta son 202 veces las que he soltado al mundo mis historias. Probablemente muchas de ellas no signifiquen mucho para nadie más que para mi, pero todas ellas van impregnadas de sentimientos e impresiones que reflejaban mi día a día en esta etapa de mi vida. Pero sin querer ser moñas también adelanto en esta entrada que este no es el fin de mis andanzas como bloguero. Le he cogido el gustillo a la escritura, algo que no sabía que me iba a enganchar cuando llegué y con lo que iba a disfrutar tanto. Por lo tanto, puedo decir con orgullo que en Dundee empezó mi vena literaria, vena que quiero que siga creciendo con un nuevo blog. Quiero por tanto aprovechar esta última entrada de dundeeventura, para anunciar -a bombo y platillo- que a partir de mañana seguiré contando mis hazañas en un nuevo blog, al que en un arrebato de originalidad he decidido llamar, como no, cambridgeventura.

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https://cambridgeventura.wordpress.com

Así que si te gustó la primera parte, te animo a que te apuntes a la segunda. No puedo asegurar que lo que en este nuevo blog sea más original, pero lo que sí tengo claro es que será igual de auténtico. Sé que mis admiradores fieles, los que siempre han estado al pié del cañón con sus comentarios, lo disfrutarán. También sé que esos otros que más timidamente desde la distancia han estado echándole un ojillo a mis aventuras también me seguirán en las nuevas andanzas. Así que espero que a todos ellos y por supuesto, a todos los nuevos descubridores, les guste este sitio nuevo. Yo por mi parte pondré toda la voluntad del mundo para seguir dándole a la tecla durante mucho tiempo.

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Este es el fin del camino, de este camino. Escocia queda atrás, Inglaterra entra en escena. Dundee, Perth Road, Shepherd´s Loan, el College of Life Sciences, el GRE, el Magdalen Green, el Mandarin Garden, el casino, el Lidl, el Tesco, el Overgate, el Wellgate, el Tapas Bar, el Manchurian, el Discovery, el City Quay, el Apex, el Tay Bridge, la estación de autobuses, Tentsmuir, las focas, Hilltown, el Observatory, el Dundee Law, King´s Way, la universidad, el Ninewells, Murdo, el pescadero, la peluquería Gentrý, el Nisa, el city centre, el McManus… podría estar horas y horas refiriéndome a un montón de sitios, pero toca pasar página y dar la bienvenida a nuevos retos. Así que bien alto grito con mi mejor acento e-scottish aquello de…

Haste ye back Scotland! Haste ye back Dundee! Hasta ye back dundeeventura!

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He entrado en el formato de “esto lo hago por última vez” y es un vicio, no puedo parar. Cosa que hago, cosa que cojo, o sitio al que voy me paro y pienso “¿será la última vez que hago esto?”. Sé que suena algo radical, pero me resulta complicado pensar de otra manera durante estos últimos días.

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Hoy por ejemplo me he levantado de la cama pensando “es el último jueves que me levanto en Dundee, aunque poco después he recapacitado y por no sonar tan catastrofista he añadido “en una larga temporada”. No es que niegue la realidad, soy muy consciente de ella, pero creo que quizá sea mejor maquillarla para hacer que todo sea mucho más fluido. Todo empezó hace unos días, cuando estaba trabajando en cultivos por última vez y me puse a congelar las últimas células del último de los experimentos del último de los proyectos que tenía en marcha. Saqué las células del incubador por última vez, cerré la puerta y me dije “esta es la “última vez que cierro esta puerta”. Desde ese momento se desencadenó un torrencial de pensamientos que guiaban y precedían todos mis movimientos. Desde la última vez que abría una botella hasta la última vez que apagaba la campana, la última vez que guardaba los últimos viales en el congelador, pasando por la última vez que corría un gel o la última vez que bajaba al microscopio “por última vez”. Han ido pasando los días y he intentado serenarme, pero al final he decidido tirar la toalla y asumir que al igual que los niños le hablan a las piedras en el parque, yo le voy diciendo mi particular adiós a todas las cosas que han estado a mi alrededor en los últimos años.

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En este momento ya he dado el paso con la mayor parte de utensilios del laboratorio, y ahora estoy más centrado en la parte de las actividades. Por ejemplo, esta tarde es la última vez que salgo a correr por Perth Road, aunque no será la última vez que salga a correr por Dundee ya que el sábado tengo planeado ir a Tentsmuir a saludar a las focas “por última vez” y acercarme a la zona de las barbacoas por última vez como parte de mi entrenamiento para la media maratón de Madrid. Esta también será de verdad la última que cruce el puente hacia un lado y hacia otro, la última vez que vaya al chino del City Quay a ponerme cerdo y a la vez será el último fin de semana que estoy en Dundee, lo que va acompañado de un leve sentimiento de nostalgia.

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Al igual que despedirse de los aparatos y de las actividades es relativamente sencillo, más complicado es hacerlo de las personas. Y la gente allegada no es el mayor problema, porque sé que de una manera u otra mantendré el contacto con ellos. Sin embargo, creo que me va a costar más despedirme de la gente que no sabe que me voy y que incluso no sabe ni como me llamo. En concreto me va a resultar especialmente difícil afrontar el momento de la despedida con el pescadero y la peluquera. Ninguna de estas dos personas sabe mi nombre, aunque estoy seguro de que serían capaces de reconocerme hasta en un domingo caluroso en El Rastro. Bien es cierto que tampoco tengo mucha certeza de cuales son los suyos, pero durante estos años se ha forjado una relación de familiaridad entre nosotros que hace que ahora se complique ese momento de decirles “dos trozos de salmón… por última vez” y “la parte de atrás y los laterales al tres y por arriba con tijera… por última vez”. Creo que durante estos últimos días voy a ensayar un poco las frases delante del espejo para que no me resulté muy traumático el momento de comunicarles que oficialmente me doy de baja como cliente.

Las despedidas también llevan consigo momentos no muy agradables, ya que te hacen hacer cosas que: a) bien no te gustan mucho, b) no haces mucho, c) no te importan mucho o d) todas las anteriores. Hoy he estado limpiando el despacho… por última vez, aunque bueno tampoco voy a engañar porque en realidad esta ha sido la primera vez que lo he hecho,  así que al ser la primera y la última también podría darse por válido. Por procrastinar un poco y no abusar, he dejado para mañana el ordenar los cajones, la nevera, el congelador y dejarlo todo listo para el próximo “yo” que entre al laboratorio. Desde luego que no es por tirarme flores, pero sin ninguna duda esta persona se va a encontrar un sitio mucho más limpio y ordenado que el que me encontré yo cuando llegué. El próximo inquilino de mi cubículo, en vez de encontrarse en el cajón un test de embarazo y un poster de David Hasselhoff posando como Dios le trajo al mundo, se encontrará un surtido de regalos de anteriores amigos invisibles sin usar listos para ser envueltos y re-regalados y un cuchillo sangriento de juguete de hace dos fiestas de Halloween. Desde luego que puestos a comparar, esa potencial próxima persona tendrá que estarme eternamente agradecida.

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Volviendo al tema de las despedidas sentimentales, también he pensado que hay otros sitios en los que estuve por última vez y nunca pensé que esa lo fuera, como por ejemplo el Mandarin Garden. Tantas noches de salvación en el único restaurante que abre “hasta tarde” en Dundee, y ahora me resulta desolador pensar que todo apunta a que no entraré más a tomar su delicioso calamar con salsa Gan Shao y arroz frito. Si hubiera sabido la última vez que estuve allí que era la última vez que iba a ir, lo habría celebrado convenientemente, abrazando a uno y cada uno de los camareros que abarrotan ese restaurante. Pero hay más cosas que no podía imaginar que iban a pasar por última vez porque pasaron hace mucho tiempo. No pensé que el día de mi pasado cumpleaños sería la última vez que iría al Tapas Bar o que la última vez que iría a ver una obra de teatro al Rep Theatre aún no oscurecía a las cuatro de la tarde. Imagino que en algún momento hay que poner el punto final a todo y que no hay que pensar en el “si hubiera sabido que era la última vez…”, pero lo cierto es que tanta despedida hace que todo movimiento tenga un cierto sabor especial.

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Como esto está resultando tan agotador, ahora he decidido que esta tarde no me voy a mover mucho, simplemente para dejar de hacer cosas por última vez y dejar alguna para los últimos días. He comprendido que esto es lo mejor para evitar estar confinado en un bucle despedida-tiempo del que no poder escapar y que termine de destruir las pocas neuronas que me quedan activas.  No sé si esta estrategia funcionará o no, así que ya os contaré los resultados la semana que viene… por última vez.

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Para celebrar la entrada número 200 de este blog he decidido desarrollar una idea que aunque parezca mentira, lleva rondando mi cabeza desde hace más de dos años. Nunca había encontrado el valor suficiente como para lanzarme a ella, pero un arrebato melancólico de última hora junto con un sentimiento de culpa por haberlo dejado de lado tanto tiempo… han hecho que haya decidido que hoy era el día. No es una entrada fácil de leer, lo reconozco y aprovecho para advertir a aquel que quiera aventurarse que las consecuencias pueden ser fatales.

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Es innegable que me gustan las conexiones. De una forma algo irracional, generalmente allá por donde voy acabo relacionando objetos, lugares, formas o números, con alguna experiencia que me resulta familiar. Por ejemplo, desde pequeñito calculo las distancias de todos los viajes en función de dos medidas estándar: Para los trayectos cortos (cuando voy cansado en el coche, o cuando voy andando o en bicicleta), mido todo en distancias BelinchónTarancón; en cambio, para los trayectos largos uso otro sistema, el MadridBelinchón. Estos 7 y 74 kilómetros de distancia respectivamente, junto con todos sus posibles múltiplos han sido mi patrón a la hora de calcular cuanto tiempo voy a tardar de un sitio a otro. Los egipcios usaron los codos como sistema de medida, más tarde los romanos la milla romana, hy luego llegó el glorioso sistema métrico decimal que los británicos decidieron pasarse por el forro y convertirlo en pies y complicarnos la existencia. Pues bien, yo desde finales del siglo XX comencé la readaptación del sistema métrico de medidas a un sistema kilométrico en base de 7 y 74 mucho más lógico y que trataré de extender por el mundo durante el resto de mi vida. Son números raros lo sé, pero son los que son, y hacen que mi aritmética mental funcione a la perfección y con pocos desbarajustes del espacio-tiempo que me hagan llegar tarde a mi destino. El número aureo, la sucesión de Fibonacci, los números mágicos… nada de nada. La base de todo, la regla primogenía, el futuro de la humanidad, la conquista del espacio llevará estos dos números asociados, el 7 y el 74. Y sino, al tiempo.

 La fuerza de estos dos números y sus medidas asociadas es tan fuerte, que hasta genera atracciones cósmicas entre diferentes lugares que son difíciles de explicar, pero que también se conectan con mi persona. Es como si estás dos cifras, el 7 y el 4 estuvieran conectadas conmigo de alguna manera. La distancia entre Madrid y Belinchón por la A-3 en kilómetros se acerca muy misteriosamente a la distancia entre Edimburgo y Dundee por la A-90. ¿Casualidad? Capitales contra pueblos, pasado contra presente, kilómetros contra millas y multitud de localidades de por medio que también están conectadas. Durante esta entrada os acompañaré virtualmente por un viaje partiendo en paralelo desde Madrid y Edimburgo hasta Belinchón y Dundee. Preparad vuestras mentes, desdoblad vuestros cuerpos y disponeos para viajar por la conexión entre estos dos ejes:

Madrid – Edimburgo

Las capitales. Dos ciudades de las que tengo poco que decir, ya que han sido mi punto de enlace entre mi familia y mi trabajo, mi pasado con mi presente. Dos puntos de enlaces que suponen el principio y el fin de este viaje a lo largo de alrededor de unos setentaitantos kilómetros llenos de paralelismos. La culpa de que esta entrada haya visto la luz ha sido la cantidad de veces que he tenido que recorrer este trayecto en los últimos meses. Así que ahora que ya no hay marcha atrás, arrancamos motores y salimos de las ciudades y vamos camino de los pueblos, donde iré parando por el camino para dar una leve pincelada de cada uno de ellos. Si aún piensas que merece la pena gastar el tiempo leyendo esto, vuelve a planteártelo.

Santa Eugenia – Queensferry

A unos 10km/millas de nuestros puntos de partida encontramos los primeros puntos pintorescos. Santa Eugenia es uno de los barrios por el que se pasa al salir de Madrid por la A-3, lo mismo que South Queensferry al coger la A-90 desde Edimburgo. Podríamos decir que ambas son ciudades dormitorio y que albergan a un núcleo de población bastante considerable que se mueve al centro de la ciudad casi todos los días. Mientras que Queensferry tiene su origen en un antiguo puerto que servía como enlace entre los dos extremos del estuario del Forth, Santa Eugenia no fue fundado bajo la intención de conectar un secarral con otro. En cualquier caso, los dos puntos marcan la periferia de las grandes ciudades y por eso merecen la pena.

Ensanche de Vallecas – Inverkeithing

Asociación complicada, ya que comparar la historia de estas dos localidades es como comparar mis croquetas con las de mi abuela. Nos encontramos a unos 13 kilómetros / millas de nuestros puntos de partida, pero aunque parece que mucho es lo que las separa, también les une al ser dos núcleos de población que han crecido mucho en los últimos años a los pies de las dos grandes ciudades. El llegar a Inverkeithing supone el saltar al hiperespacio, al entrar completamente en la autovía, mientras que el dejar atrás la zona del Ensanche supone dejar a las espaldas Madrid aunque siguiendo dentro del champiñón.

Rivas Vaciamadrid – Kinross

Estas dos ciudades comparten el ser ciudades históricamente comerciales. Kinross es una localidad a los pies del Loch Leven que en la antigüedad hizo de mercado. Rivas también tiene sus lagos, y aunque menos famosos y menos caudalosos, también conectan con un área comercial. Vale que creo que poco tienen que ver los antiguos mercados medievales escoceses en la comarca de Kinross con el complejo comercial de Rivas, pero si dejamos los romanticismos a un lado, cumplen exactamente la misma función.

Arganda del Rey – Perth

Aproximadamente a mitad de camino entre nuestros dos viajes paralelos llegamos a los dos principales núcleos de población: Arganda y Perth. Estas dos ciudades guardan paralelismos en población, tamaño e historia. Perth fue ciudad de reyes, conocida por su palacio que dio nombre a los dulces scones y por ser el lugar de origen de coronación de sus reyes. Arganda no tiene piedra ni castillo de coronación, pero ya Felipe II sabía que tenía que ponerle el apellido de”del Rey” porque se olía que en el futuro esto sería necesario. Pues sí, fue un visionario el tal Felipe. Aquí está la conexión “real” entre estas dos ciudades.

Perales de Tajuña – Kinfauns

Nos encontramos a 44 kilómetros / millas de nuestro punto de origen y en este punto llegamos a estas localidades tan dispares pero tan llenas de historia. Perales de Tajuña tenía antiguamente un castillo del que actualmente queda más bien poco, mientras que Kinfauns contiene un castillo intacto, pero también un pueblo del que no quedan más que unas pocas casas. Ambos pueblos se encuentran a las faldas de una zona montañosa, Perales conocido por sus cuevas y Kinfauns por ser la famosa zona de los suicidios de la que hablé hace poco. Estas dos ciudades deberían estar hermanadas, una para dejar su castillo y otra para llevar gente en un autobús y poblar un poco la zona, porque no hay gente para tanta oveja.

Villarejo de Salvanés – Errol

Nos vamos acercando a nuestro destino. Villarejo conocido por su castillo, su almazara y la fábrica de Cuétara, mientras que Errol es un pueblo perdido de la mano de Dios a la ribera del Tay. Errol también tiene un castillo, pero es de esos aburridos que pertenecen todavía a alguien y que no dejan visitar. Me da la impresión de que ambas localidades están pobladas por gente que vive en tierra de nadie, pero que tienen la necesidad de estar conectadas y por eso viven en una zona tranquila pero cerca de la autovía.

Fuentidueña de Tajo – Invergowrie

Llegamos al final del viaje, y con ello a los dos pueblos que sirven de prolegómeno a nuestros destino final. Fuentidueña es el último pueblo que queda a los pies de la autovía antes de adentrarse en la provincia de Cuenca, e Invergowrie es el último reducto civilizado antes de entrar a la salvaje y descontrolada Dundee. Estas dos ciudades están conectadas por los dos ríos principales de los dos países: el Tajo y el Tay. Puede que incluso los nombres de sus ríos estén misteriosamente conectados, pero esto ya entraría dentro de las teorías de conspiración llevadas a cabo por misteriosas logias masónicas que dejaré para otro momento.

Dundee – Belinchón

Los pueblos, el destino final de las dos rutas tan interconectadas, y también localidades que inspiran paz y temor a partes iguales. En Dundee, aventurarse desde la zona de Hilltown en adelante supone apreciar poco tu vida, al igual que en Belinchón dejar atrás los terrenos que limitan con La Piquera; bieneventurados aquellos que hayan cruzado sus límites y hayan sido capaces de volver. Siempre he dicho que Dundee es un pueblo, y aunque con el paso del tiempo deja de parecer un sitio pequeño para convertirse en tu casa, es cuando sales fuera o pasas una temporada en otro sitio cuando te das cuenta de lo ciudad-burbuja que es y de lo rural que te puedes llegar a volver al vivir aquí. La misma experiencia que se siente en Belinchón, solo que en un sitio se puede investigar con pipeta y en el otro con azadón. En Dundee el azadón no sirve de mucho, porque hoyo que cavas, hoyo que se llena de agua. Mientras que en Belinchón, pipeta que coges, pipeta que se queda de adorno. Con esto conecto mis dos localidades rurales predilectas.

 

Hasta aquí ha llegado mi capacidad neuronal hoy, y creo que con esto ha quedado claro lo rematadamente profundo que es mi mundo interior cuando voy al volante. El simple hecho de salir a la carretera supone ponerme a patinar hasta el infinito y más allá, y de ahí que salgan estas cosas. Por eso, algo de miedo me está dando mi próximo viaje, ya que ocho horas de trayecto haciendo este esfuerzo igual acaba conmigo medio tarado. Volviendo al contenido de esta entrada, es cierto que puede ser que las conexiones sacadas estén algo forzadas, pero el número de paralelismos y las distancias y tiempos con respecto a los puntos de origen hace que todo cobre bastante sentido, sobretodo cuando se vive en primera persona. En cualquier caso, estas dos rutas son sin dudarlo las que más he recorrido en mi vida si no tengo en cuenta la también transitada Madrid – Tres Cantos, y por tanto necesitaban de un homenaje especial que he querido dejar plasmado aquí. Espero no tener en el futuro una denuncia por difamación de alguno de los vecinos de estos pueblos, aunque por si acaso querría justificarme diciendo que debido a que las ondas gravitacionales están ahora de moda, he tenido que aprovechar el tirón comercial para dar a conocer mi sistema métrico, la existencia del doble eje y una breve introducción a mis complejas conexiones mentales.

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Aprovechando el tirón de la gala de los Oscar de ayer por la noche, he pensado que quedaba bien ponerle un título a la entrada de hoy que parafraseara a alguna película famosa de Hollywood. Personalmente, nunca he visto los puentes de Madison, pero no sé por qué motivo desde tiempos inmemoriales llevo asociando la palabra “puentes” a esa ciudad. He sido bueno, y antes de empezar a escribir he hecho un poco de trabajo de investigación –me he leído la sinapsis de la película– y esto me ha servido para comprender el porqué nunca me ha apetecido verla lo más mínimo: el tema apesta un poco bastante. Así que como no me puedo apoyar en el argumento de la película para contar lo que tengo en mente, pues voy a pasar de ella y centrarme en los puentes que a mi me interesan: los de Edimburgo.

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Con motivo de mi cada vez más cercana marcha de territorio escocés, unos amigos bulgaro-fineses nos regalaron la semana pasada un paseíto en barco por la desembocadura del río Forth, el estuario que separa la comarca de Fife de Edimburgo. Este fue un inesperado y bonito detalle que me hizo mucha ilusión, así que aprovechando que las ladies pasaban por Dundee este fin de semana, decidimos salir a tomar un poco de McSun, a la vez que conocer nuevos territorios. La ruta comienza a los pies del puente de ferrocarril, el Forth Rail Bridge, conocido por su característico color rojizo y que lleva viendo pasar trenes de todos los tamaños y colores desde 1890. El Forth Belle parte desde este punto y se dirige hacia el oeste, surcando las aguas del Forth hacía el interior del estuario, para cruzar los dos puentes de vehículos: el “temido” viejo Forth Road Bridge y el “deseado” nuevo Forth Road Bridge o Queensferry crossing.

El puente colgante del Forth, es el puente más temido entre los escoceses. Se trata de uno de los puentes colgantes del mundo y que fue inaugurado en 1964. Parece ser que el diseño preveía que se mantuviera en perfectas condiciones durante unos 120 años, pero claro, eso considerando el tráfico de la época. En las últimas décadas, el puente se ha visto desbordado por el tráfico, y los cables de acero que sostienen la estructura han sufrido más de la cuenta, provocando que el puente haya tenido que ser cerrado en más de una ocasión durante una larga temporada. El otro problema principal es que el principal material de este puente es el acero, y por supuesto, no me hará falta hacer ninguna referencia de lo que le pasa al acero en este país. El tema llegó a ser tan preocupante que a principios de siglo se aprobó la construcción de un nuevo puente y así evitar desastres pasados como en del familiar desastre del Tay. Como usuario habitual del puente diré que a pesar de su “belleza” arquitectónica, el saber si se va a poder utilizar o no es todo un enigma desde el momento en el que sales de Dundee o vuelves del aeropuerto de Edimburgo. Entrar a las carreteras de acceso al puente supone tirar una moneda al aire, y sus dos carriles por sentido y sus continuas señales de obras hace que sea una de las construcciones más temidas de esta nuestra isla. Por suerte o por desgracia, el trayecto en el Forth Belle me permitió observar que pinta tiene el puente por debajo, confirmando que da mucho miedito y que más vale que acaben el otro lo más rápido posible antes de que ocurra lo que no puede ser nombrado.

Este puente más que apariencia de autopista lo que parece es un scalextric a medio construir, por lo que no me extraña que las cabezas pensantes se plantearan seriamente el empezar uno nuevo antes de tener que pagar un porrón de indemnizaciones. Y parece ser que esta vez lo están haciendo mejor, porque ahora sí que parece un puente decente y por el que parece que se podrá pasar sin pensar que pones en riesgo tu vida cuando cruzas el puente y llevas un camión de ganado delante. El nuevo puente va a ser el más alto de Reino Unido –los escoceses siempre tienen que ser lo más en algo– y aunque también va a tener únicamente dos carriles por sentido parece que esperan que dure algo más que su hermano mayor. Sin duda esta fue la mejor parte del trayecto en el barco porque siempre que pasamos por ahí, intento echar un ojo para ver como van los progresos como si fuera un viejo en una obra. El problema es que al ir siempre conduciendo no  puedo poner todos mis sentidos en comprobar los progresos, por lo que esta vez pude centrarme más en los detalles y pensar que a pesar de que no me va a dar tiempo de verlo finalizado y probar su asfalto — tienen pensado inaugurarlo a finales de este año –, al menos podré decir que le vi dar sus primeros pasos.

La ruta luego continuó sin mayor sorpresa hacia la zona más industrial del estuario, donde los puntos más entrañable son el castillo de Blackness con su forma de barco y los astilleros donde están construyendo los dos portaaviones más enormes y terribles del todopoderoso imperio británico, que por supuesto, llevan el nombre de la tía Isa. La anécdota curiosa y graciosa acerca de los mamotretos estos es que parece que han invertido tanto dinero en ellos, que ahora se han quedado sin dinero para construir aviones con los que usarlos. Me imagino a Cameron en unos años corriendo por las pistas del portaaviones haciendo el avión  o cediendo los derechos a los jóvenes británicos para que dejen de ir al aeropuerto de Castellón a hacer botellón.

Esto es todo lo que el estuario del Forth puede ofrecer a modo de puentes. Yo siempre podré decir muy orgulloso que pude pasar a lo largo de dos de ellos y por debajo de los tres, y no mucha gente podrá presumir de semejante logro, así que yo saco pecho y presumo de la gesta. Aprovechando el momento, también recomiendo a los que no hayan ido a dedicar una tarde a pasear por la zona de Queensferry, el antiguo punto de enlace desde el que partía el ferry que cruzó de lado a lado el Forth durante casi 1000 años, y que ha caído en el olvido al ver crecer los puentes a ambos lados y quedar practicamente sepultado entre la vía de tren y la autopista que lleva a Edimburgo. Las fotos desde aquí en un día como en el de ayer… simplemente merecen la pena. Yo por el momento dejo aquí mi romanticismo arquitectónico y el encanto de los puentes de Edimburgo.

 

Hay veces en las que te levantas por la mañana un día del fin de semana y te partes la cabeza pensando donde ir. Buscas un sitio donde nunca hayas estado, algo diferente que te haga sentir que sigues explorando los territorios más inhóspitos con la idea de decir que has llegado más y más lejos. En mi caso, en ocasiones me entra complejo de explorador del Age of Empires y surco las carreteras escocesas en busca de pueblos de nombres desconocidos donde ir en busca de ovejas desconocidas a las que sumar a mi rebaño.

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El problema de hacer esto es que a veces se descuida lo que tienes más cerca, y en nuestro caso el tener un mapa lleno de estrellas alrededor de Dundee había hecho que uno de los sitios más espectaculares de nuestro entorno aún permaneciera desconocido. En esta ocasión me refiero a la zona de Kinnoull Hill, en los alrededores de Perth. Son innumerables las ocasiones que he visto el torreón al pasar por la carretera, y también son incontables la de veces que he pensado “las vistas desde ahí arriba tienen que ser bonitas”, pero por esa extraña obsesión/tontuna mía de que eso está muy cerca, nunca habíamos ido a parar por la zona. Así que esta vez, aprovechando uno de estos fin de semana locos que nos traemos últimamente, pensamos que podría ser una buena oportunidad. Cogimos el coche y nos dirigimos a la zona del Kinfauns Castle, otro sitio que se ve desde la carretera pero al que nunca habíamos ido a parar. El castillo en sí no ofrecía nada en particular, más que nada porque debe ser aún hoy en día una residencia privada y tenían la puerta cerrada a cal y canto. Pero bueno, a falta de castillo decidimos dejar el coche y dar un paseito por la vecina Escocia profunda.

Sorprendentemente, el domingo había amanecido muy soleado y a pesar del frío congelapulmones y de nuestro calzado poco rural, pudimos completar la ruta hasta el mirador. Por el camino pisoteamos cacotas de caballo, hielo escocés traicionero y nos pusimos los pantalones bien de barro al chapotear en los charcos y al ir a mear detrás del matorral. El camino hasta el mirador era tranquilo y bastante accesible, lo que me hizo pensar continuamente el porqué no se me habría ocurrido ir allí antes. Pero aún lo fue más cuando al llegar arriba tuvimos unas vistas del Tay impresionantes, que sumado al sol luminoso pero poco abrasador y la pseudonieve que cubría todos los alrededores lo hacían digno de ser denominado como unos de esos famosos y conocidos marcos incomparables que nos llevan acompañando tantos años.

 

No es que haya yo sufrido de tener impulsos suicidas, pero este punto es considerado como uno de los sitios predilectos para suicidarse en Escocia. No me preguntéis porqué sé esto, pero es que está a la orden del día y es de completo conocimiento popular. Y hombre, lo cierto es que entre tirarte desde el puente del Tay o tirarse desde el acantilado este… pues no hay color y es más efectivo en un día como este. De todos modos, para quitarle algo de mala fama al sitio este, diré que durante el tiempo que estuvimos allí mientras Marta fotosintetizaba todo lo fotosintetizable, porque la fotosintetizadora que fotosintétiza, buena fotosintetizadora es, no hubo nadie con la menor intención de dar el salto. Como mucho lo único que podría haber pasado es algún resbalón indeseable por acercarse mucho al borde para sacar la mejor foto posible. Pero como ya he dicho otras veces, aquí en esta isla las señales de peligro te advierten del riesgo cuando te encuentras a kilómetros de él.

Tras el paseo fuimos a menear el bigote al Paco’s, nuestro restaurante favorito de Perth. Y por favorito no me refiero a que sea el mejor, sino que es al que siempre hemos ido porque nos lo recomendó la Lonely Planet en nuestro viaje veraniego de 2011. Y el que nos conozca sabrá que para nosotros la palabra de la Lonely… ¡va a misa!

Aquí en el restaurante tuvimos uno de estos momentos cómicos absurdos que te dejan la cara como un tomate pero de los que siempre te acordarás. Al sentarnos, el camarero nos dijo que si nos guardaba los abrigos en el guardarropa. Nada sorprendente hasta aquí, lo sé, lo particular era es que nos lo dijo en un bonito castellano con acento guiri. Agradecidos le dijimos que claro, y  se los llevo con él para después volver a la mesa y darnos los menús. Al tomarnos nota también se dirigió a nosotros en la lengua de Cervantes, a lo que cuando ya habíamos terminado de decirle lo que queríamos le dije: “hablas muy bien español”, por aquello de hacerme el majo. Pero lo mejor y más impactante fue su respuesta de: “es que soy español”. En ese momento, mi estado de alarma de gato arañando la mesa se puso en marcha y reculé con un astuto “jo, pues has aprendido tanto inglés que hasta tienes acento escocés”. Tras darme las gracias y sonreír se fue, y debe ser que no se ofendió mucho porque la comida no tenía escupitajos ni chinchetas. Aún así, nosotros en nuestra ya costumbre de hacernos unas películas en la cabeza dignas de los mejores productores de Hollywood no nos creímos que el tipo fuera español. Marta estaba tan convencida de que no lo era que en un momento expresó su opinión en unos decibelios considerables a la voz de: “y una leche, yo creo que es polaco o algo así”. Y como era de esperar, en el momento de decir esto, el individuo se encontraba literalmente a medio metro suyo atendiendo a los de la mesa de detrás, por lo que yo no sé como tuvo ganas de venir de nuevo cuando le pedimos la cuenta. Nosotros seguíamos discutiendo cuáles podrían ser sus orígenes, pero claro, precisamente en el papel de la cuenta estaba la prueba irrefutable de sus orígenes, el  traducido al castellano… “Atendidos por… ¡Pepe!”

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Mira, estaríamos comiendo en Paco’s y siendo atendidos por Pepe, pero a nosotros no nos daban el pego. Marta se quedó con que el tipejo era polaco y yo con que su padre era de Carolina del Sur y su madre de Mallorca, aunque él había pasado su juventud en los suburbios de Glasgow. No sé, no terminamos de entender la conexión de Pepe con su pasaporte, así que nos fuimos de allí sabiendo que muy posiblemente pasara mucho tiempo hasta que volviéramos al restaurante y que también muy probablemente para ese entonces Pepe habrá migrado a Málaga, donde abrirá un chiringuito de hamacas para guiris británicos donde antenderles con su muy amable acento… ¿polaco?

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Así que esta es la conclusión de hoy: no lo menos cercano es más bueno y no lo más lejano es menos familiar. Las distancias engañan, al igual que los acentos. Si pasáis por la desaPerthcibida Perth, no dejéis pasar la oportunidad de subir al mirador, y de paso si tenéis algo de tiempo… ir a ver si Pepe sigue por allí o le han deportado.

¡Buenas tardes!

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Las vueltas que da la vida, y el destino se burla de ti, como diría la mítica canción de Los Suaves. Nunca una frase significó tanto, ni se aplicó tan bien a este momento, aunque no me llame Lola. Siempre he dicho –aunque no practicado– que es mejor no hacer planes, pues al final los planes se hacen solos y por mucho que pongas de tu parte las cosas no siempre ocurren como tu quieres. Pues bien, una vez se ha vuelto a cumplir la premisa de que esperar no sirve de nada, y aún mucho menos el desesperar. Tras unos intentos meses de búsqueda intensiva, hoy ya puedo decir que oficialmente a partir del mes de Abril trasladaré mis aposentos al sur. Así que para aquellos que aún no lo supieran, pongo rumbo a Cambridge. ¿Qué deparará el futuro? Eso, sólo él lo sabe, y no quiero que me lo diga; prefiero esperar a la sorpresa.

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No voy a negar que los últimos meses no me han sido nada fáciles. Han sido muchas cosas las que se me han venido encima, la mayor parte de ellas profesionales y que me han causado una digestión algo pesada. Ahora a toro ya casi pasado, echar la vista atrás sólo sirve para darme cuenta de que todos los agobios y malos ratos que he pasado no tenían casi ninguna justificación. Es cierto que los plazos no han sido muy simpáticos conmigo y que me he tenido que topar con muchas falsas promesas que me han guiado a episodios de frustración profunda. pero lo cierto es que los problemas hay que saber llevarlos durante el momento y ahí es cierto que todavía tengo mucho que aprender. Imagino que todo en esta vida es tropezarse, caer, tropezarse, caer y después de cada caída, también aprender. Ahora la vida me ha abierto un nuevo camino y pienso que tengo que aprovechar la gran oportunidad que se me presenta. Un cambio de ciudad, un cambio de trabajo, un salto a nivel de responsabilidades…, al fin y al cabo una nueva motivación, un reto.

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Tras tres años y medio trabajando en la universidad de Dundee, he decidido dar un giro a mi carrera y progresar hacia algo más aplicado, algo más funcional. Mi nuevo camino me guía hasta una pequeña empresa de Cambridge prácticamente recién nacida, donde mi trabajo consistirá en estar cacharreando en el laboratorio, pero estando a cargo de proyectos y llevando a un reducido grupo de personas. Un gran cambio, pero también una gran experiencia que me dará mucho bagaje para el futuro. He de decir que estoy muy contento, pero también muy intrigado acerca de como irá todo y de si sabré estar a la altura de las circunstancias y de las exigencias de mi futuro grupo de colegas. Ahora mismo todavía estoy un poco en una nube por lo rápido que ha ido todo. Tras estar dos meses agobiado esperando la respuesta de otra compañía, otra oferta en la que no tenía depositadas muchas esperanzas ha acabado siendo la que me guiaría a mi futuro trabajo. Tan rápido y tan eficiente ha sido todo, que hace pocas horas he mandado de vuelta el contrato firmado. Si hace dos semanas me dicen que voy a estar escribiendo esta entrada con esta noticia, no me lo habría creído.

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Ahora me queda un mes por delante en el que dejar las cosas lo más ordenadas posibles y de transmitir todo mi conocimiento a las futuras generaciones. Además de esto, dejar ordenados todos los datos del disco duro y de que estos sean descifrables por el que venga detrás de mi. Da pena saber que se pone el punto final a una etapa, pero ahora se abre una nueva con muchos retos que estoy deseando también empezar. Es por eso que no quiero que esto suene a despedida, porque ya tendré tiempo para eso. De momento es tiempo de celebrar y de dar rienda suelta a todos esos planes que llevo meses queriendo hacer pero que no he podido empezar a organizar. De momento, el 2016 se está portando de maravilla, espero que siga así porque esto no ha hecho más que empezar.

En breves momentos… ¡empiezo una nueva vida!

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Que el inglés es un idioma problemático no creo que suponga nada nuevo para nadie. Incontables son las situaciones de palabras que no tienen sentido o pronunciaciones que no vienen a cuento de nada. Tras años de aprendizaje y otros cuanto más de vivencias en un país de habla inglesa, hay problemas que siguen estando, otros que he conseguido superar y dejar atrás y otros que surgen nuevos. Frases, palabras o incluso letras que creías dominar y que en un momento completamente inesperado salen a incordiar, dispuestos a molestar o incluso a generar momentos agobiantes que permanecerán hasta la posteridad.

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Mi problema esta vez viene por la simple pronunciación de una letra, la letra T. No es que haya querido pedir una Tennent´s y me hayan dado otra cosa, no, el problema ha sido por el coche nuevo y su matrícula. No voy a dar datos aquí en público, pero daré una pista: como os podéis imaginar, la dichosa matrícula empieza por la letra T. Podía haber empezado por cualquier otra letra, pero como el coche viene de Reading, que es un sitio en el que se Lee mucho – me encantan mis juegos de palabras bilingües – pues por supuesto que me tenía que dar problemas. Esta letra es como un dolor de muelas, parece fácil pronunciarla, pero lo complicado es hacerla distinguirse de su hermana la D.

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Mi problema viene cada vez que voy al Lidl a hacer la compra y los cajeros me preguntan que cuál es la matrícula del coche. No sé porqué, pero cada vez que empiezo a pronunciar la letra T con mi mejor acento británico, ellos teclean en la pantalla de sus ordenadores la letra D. Y he probado de todo, a poner la boca más a los Sara Montiel, a lo Yola Berrocal, a sacar la lengua, ponerla encima del paladar, debajo, dada la vuelta… y nada. Una vez de cada diez cuela, y prueban a darle primero a la T, pero la mayoría de las veces tengo que empezar el proceso de nuevo o incluso utilizar el código Alpha, bravo que ya me dio problemas anteriormente. La primera palabra que me viene a la cabeza que empiece con T es la palabra “té”, que se escribe “tea” en inglés y se pronuncia ti, vamos, exactamente igual que la letra T. Así que le digo “T, like a tea” y el cajero escribe “D, like a… what?” Es muy frustrante, muy complicado. Pero no sólo han sido problemas en el Lidl, ni problemas asociados al acento escocés, al sur de la isla también pasa. Cuando el mes pasado en Cambridge la señorita del concesionario de Renault me preguntó que por qué había ido al servicio oficial de Renault a cambiar una bombilla de un Opel Zafira al darle el número de la matrícula… me quería tirar de cabeza al Cam o volverme y tirarme desde el puente del Tay. O espera, ¿es el río Tay en realidad el río Day y yo lo llevo pronunciando mal mucho tiempo? ¡Esto es un sinTiós!

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Estoy en una encrucijada, o aprendo a salir de este lío pronunciando letras o vendo el coche. Eso o me vuelvo al Tesco, que el aparcamiento es gratuito y si se me funde una bombilla meto una linterna en el maletero. Ya os lo digo, si os compráis un coche en el Reino Unido, mirad muy bien que no esté oxidado, que las escobillas le funcionen bien… y que la matrícula no contenga una T. Creedme, seréis más felices.

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Salir a tomar el fresco es una expresión que además de gustarme, me trae muy buenos recuerdos. Me vienen a la cabeza los meses de verano, los sudores intensivos al pasear por la calle por la tarde y la necesidad de estar encerrado en casa hasta después de cenar, hora en la que sales a la calle despavorido en busca de oxigenación. Este pasado fin de semana también necesitaba oxigenación, esencialmente del mismo tipo, pero no debido a las mismas circunstancias. Pasada una semana de aclimatación, necesitaba salir a respirar un poco y no pensar mucho. Por este motivo decidimos ir a pasar el fin de semana a la capital, a Edimburgo. Reservamos una habitación en un hotel cerca de Haymarket, a la ribera del río Water of Leith y allá que fuimos a pasar el fin de semana y tomar… el fresco. Sí, el fresco aire invernal de Edimburgo, que espero que deje el cutis fino, fino. Porque, vaya rasca.

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A pesar de haber estado ya en numerosas ocasiones por la ciudad y de tener la ruta preparada para cuando vienen visitas desesperadas por hacerse fotos en los numerosos marcos incomparables de la ciudad, esta vez decidí hacerme el ignorante para conseguir que la recepcionista del hotel me descubriera rincones inexplorados de la ciudad y que de paso me aconsejara donde poder cenar. De sobra es conocido el problema de intentar llevarse algo a la boca en este país si el reloj ha pasado de las 10 de la noche y quieres evitar a toda costa acabar en un McDonald´s o en un KFC. Pululamos por todas las calles del centro, intentando agarrarnos a un clavo ardiendo y buscar algún sitio donde poder alimentarnos, pero fue un estrepitoso fracaso. Acabamos cenando en un triste McDonald´s que tenía la planta superior cerrada y la puerta entrada para que bien entrara “el fresco”. hora-de-la-cena

El sábado fuimos a ver las dependencias de la tía Isabel. El palacio de Holyrood, al final de la Royal Mile y frente al parlamento, era uno de los rincones que Marta aún no había visto. Así que allí estuvimos, controlando que la cuberteria de plata estuviera en perfecto estado de revista, que las camas estuvieran bien hechas y el cesped bien cortado. Pasamos un buen rato discutiendo acerca de la paternidad del hijo de Mary Queen of Scotland. Esa mujer es todo un ídolo en Escocia, pero tirando de la cuerda hemos descubierto que existe un vacío un tanto extraño acerca de quién era el padre de su hijo Jacobo VI. Las explicaciones de la audioguía eran ambiguas, y la Wikipedia no aclara nada al respecto. El delfín de Francia murió misteriosamente, y lord Darnley se quería cepillar a María porque sospechaba que esta se estuviera trajinando a su secretario David Rizzio, pero… María estaba embarazada, ¿de quién? Hay algo muy de Peñafiel en toda esta historia y por algún motivo no se ha querido indagar lo suficiente. Si la ciencia no me da para más, no niego que no vaya a darme una vuelta por las tumbas de esta gente a ver si me saco unas buenas muestras para dar un pelotazo con exclusiva el próximo verano.

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Por la tarde, el fresco pasó a ser de “formato nevera” a “formato congelador” y, claro está, comenzó a nevar. Como no había ser humano que andase por la calle, decidimos meternos en el cine y ver una película ambientada en unos fríos Estados Unidos allá por el siglo XIX, El Renacido. La película no merece mucho la pena, para mi gusto, y una de las anécdotas graciosas que tiene es ver a Leonardo di Caprio sobrevivir a la corriente de un río caudaloso en pleno invierno gracias a que consigue agarrarse a una tabla. Sí, amigos, esta vez Leonardo lo consiguió.

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Al salir del cine vimos con sorpresa como Edimburgo había pasado a un estado blanquecino. Hacía frío, pero era la primera vez que veíamos la ciudad nevada, así que no perdimos la oportunidad de hacer algunas fotos mientras nos poníamos de camino hacia el restaurante en el que cenamos. Para cambiar un poco el formato, fuimos a cenar a un vegetariano, al restaurante de David Bann, que debe ser un tío famoso que come hierbas. No soy yo muy fan del tofu, no porque no me guste sino porque no le saco sabor a nada y me resulta soso y aburrido. Pero he de decir que el plato de tallarines con verduras y tofu mereció la pena. Ahora le he cogido la costumbre a ponerle una estrellita a todos los sitios donde hemos estado para acordarme la próxima vez que vayamos a cada sitio. Da mucha rabia no saber localizar los sitios que más te gustan, así que viene bien aprovechar todo lo bueno que tienen las nuevas tecnologías.

El domingo lo pasamos paseando de nuevo por Princes Street, comprando té y un pantalón que no me quedó del todo claro si queríamos realmente o era un capricho por las Rebajas. Intentamos hacer algo de hambre antes de ir a comer, pero la grasa del desayuno escocés aún nos rezumaba por las orejas. Descubrimos un restaurante japonés que nos habían recomendado hace tiempo. El sitio estaba muy bien ambientado y la comida estaba muy buena, pero me da mucha rabia cuando vas a un sitio y encuentras que la carta está “adaptada”. Entiendo que haya platos que gusten más y otros menos, pero no puedo comprender que vayas a un restaurante japonés y encuentres sushi, sushi con pescado al grill o un solomillo de Angus. Entiendo que hay que hacer negocio y que el paladar británico muy fino no es, pero no sé, yo soy muy de probar las cosas lo más auténticas posibles y estos menús adaptados me decepcionan un poco.

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Para rematar la faena fuimos a uno de nuestros sitios favoritos a tomar café, el Caffé Lucano y después nos atrevimos a entrar finalmente al Camera Obscura. Este es un museo de ilusiones ópticas para niños y no tan niños. Allí estuvimos haciendo el ganso un par de horas, jugueteando con espejos, bolas de plasma, gafas 3D. El sitio es un poco caro, pero merece la pena solo por las vistas desde el mirador de la última planta. Eso y por descubrir que efectivamente la nariz de Marta está más fría que las patillas del yeti.

Me gustan los inviernos fríos, me parece que tienen su encanto y que son así como tienen que ser, “frescos”. El aire gélido de Edimburgo ayuda a despejarte y a coger la semana con fuerzas. También me gusta disfrutar de las ciudades sin presión, yendo por tercera, cuarta o quinta vez. Cada vez descubres en ellas algo diferente, algo que no es obligatorio visitar y puedes de verdad disfrutar sin tener el agobio de dejarte algo. Edimburgo es y será siempre una ciudad especial, y no me importe que quede algo por conocer, porque si es así tengo claro que volveremos.

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Doy la bienvenida al nuevo año con un montón de cambios. Algunos de ellos eran esperados, otros no. Pero así están siendo los últimos meses, muchos cambios y mucho aprendizaje de como vivir al día sin hacer planes muy a largo plazo. No es que sea yo una persona que disfrute mucho de dejar que las cosas vayan fluyendo, no, yo soy más de tener la sartén por el mango y tener el control de las situaciones y de los tiempos. Que los planes sean a largo o a corto plazo no me importa, en realidad prefiero los segundos, pero sí que me gusta sentir que llevo el control y que tengo las cosas atadas. Esta vez se me han juntado asuntos personales y laborales sobre los que no tengo mucho margen de maniobra. Dependo de plazos y respuestas, así que me toca esperar. Por ese motivo, estoy mentalizándome de que todo esto es simplemente un proceso de entrenamiento para desarrollar esas facetas que tenía un tanto descuidadas y aprender a valorar lo que tengo sin impacientarme ni agobiarme por lo que no tengo. No es que esto lo tenga tan claro y meridiano como lo estoy escribiendo, sino que más bien mi cerebro es un batiburrillo de ideas — algunas maquiavélicas, otras no — que me deja bastante agotado. Pero a pesar de tanto lío, a veces me deja ratos para pensar o escribir cosas con mayor lucidez que tengo que aprovechar. Así que como lo que se escribe perdura en el tiempo, voy a ver si a base de ponerlo aquí y releerlo una y otra vez, se me graba a fuego.

Uno de los grandes cambios en este nuevo año y con el que tengo que empezar es mi cambio de domicilio. Con algo de pena pero con alegría por cerrar un capítulo de nuestras vidas que da pie a otros nuevos, dejé atrás la etapa de la casa de la puerta azul. Fueron unos días locos los últimos de Diciembre, con la venta de todo el mobiliario y la limpieza exhaustiva del hogar para dejarlo en perfecto estado de revista. El resto de enseres que se quedaron aquí en Dundee tras la primera parte del traslado a Cambridge, bajaron a su nueva localización en un viaje que puso a prueba la fiabilidad del nuevo bólido. Todo esto ocurrió justo antes de empezar las vacaciones de navidad, en esos días de intensidad extrema. A la vuelta la buena noticia ha sido la devolución íntegra de la fianza, lo que es un buen premio al esfuerzo y al trabajo bien serio.

Ahora empiezo una nueva etapa de transición, arrejuntado con un amigo francés que está viviendo una situación paralela a la mía y que me ha aceptado muy amablemente bajo su techo. Él también ha sido víctima del “female power” y por tanto condenado a vivir en soledad durante unos meses mientras soluciona su situación irregular. Así que aquí llego yo al rescate, dispuesto a dar unos últimos coletazos por Dundee con compañero de piso. Experiencia nueva por otra parte que espero que sea digna de contar en futuros episodios. Por el momento estoy haciéndome a mi nuevo espacio, colaborando para que el sofá tenga la forma adecuada e intentando tener la ropa lo más decentemente colocada mientras pueda. Por lo demás, esta es la primera entrada escrita desde mis nuevos dominios.

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Este año que acaba de llegar y que promete ser intenso hasta el final, ha comenzado con un nuevo libro de cabecera. Creo que pocas veces un regalo me habrá hecho más ilusión que este. Primero porque fue inesperado y segundo porque era algo que quería de verdad, así que mejor combinación imposible. Y si a eso se le suma el momento tierno de la navidad, unas copitas de whisky y una introducción conmovedora… pues lo hacen un tesoro impagable. El libro en cuestión es la primera edición impresa de este blog, dundeeventura. Dentro de unos años, cuando los recuerdos de esta etapa empiecen a flojear, disfrutaré releyendo cómodamente desde mi sofá de todas las venturas y desventuras que vivimos. Si alguien más está interesado, puede ponerse en contacto conmigo y amablamente le remitiré a mi agente para tramitar lo antes posible el envío. Calidad garantizada, precios negociables.

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Y siguiendo el hilo de las publicaciones, tengo que contar en primicia que hace escasamente una hora nos acaban de comunicar que aceptan un artículo que teníamos enviado desde hace unos meses. No tenía planeado incluir este párrafo extra en la entrada, pero supone todo un exitazo digno de contar y que hace más agradable el momento de irse a la cama. Aunque se ha hecho de rogar, finalmente ha llegado la recompensa a largar e incontables tardes en el microscopio contando fibras y mañanas enteras mirando colores en la pantalla del ordenador. Espero que esto solo suponga el inicio de una racha, el primero de (esperemos), un par de ellos más que están por llegar.

Con esto lo dejo ya por hoy. Este año quiero retomarlo con fuerza, para poder añadir numerosas entradas con las que dar trabajo para sacar la segunda edición del libro. No sé que es lo que me deparará el mañana, pero mientras al ordenador le quede batería… aquí estaré para contarlo.

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Y sí por el camino, bien que me entretengo, como bien decía la canción. Y es que creo que llevo ya casi 40 días deambulando por la Gran Bretaña como Jesús por el desierto o como un zombie cualquiera por Atlanta. Han pasado tantas cosas en estos días, que me da hasta miedo empezar a escribirlo. Simplemente puedo decir que todo, o casi todo, ha cambiado o está en proceso de ser cambiado.

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La desconexión – sin desobediencia – empezó en nuestras vidas el pasado 24 de Octubre, cuando empezamos a empaquetar tres años y pico de recuerdos, ropa y demás trastos que jamás pensé tener guardados para llenar una furgoneta de dimensiones algo mayores a la de los del Equipo A. Menos mal que tenemos suerte de trabajar en un laboratorio y tener acceso a multitud de cajas de cartón, porque de otra manera no habríamos podido conseguir tantas ni en semanas de pedidos continuos a Amazon Prime. Lo cierto es que esta mudanza empezaba ya siendo algo peculiar porque incluía una cláusula de separación amistosa. De este modo, Marta se llevaba el microondas y yo me quedaba la tele. Marta se llevaba los vasos del whisky y yo me quedaba los del agua. Yo me quedaba las cucharas pequeñas y el plato de darle la vuelta a la tortilla y Marta se llevaba la máquina de palomitas y la sartén buena. El cubo de basura también fue motivo de disputa y acabé perdiendo ese juego, pero por suerte conseguí ganar la batalla de ver quién se quedaba con el edredón de invierno.

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El viaje al sur del Muro fue largo pero no tan terrible como nos esperábamos. Fueron 9 horitas de coche más unas horas agobiantes en el Ikea de Leeds, que más que un Ikea parecía la ciudad de los Lego. Un aparcamiento diminuto y una tienda minimalista para gente como nosotros, sedientos de frescos muebles para llenar la nueva cueva. Y como estaba previsto, llegamos a Cambridge bien entrada la noche británica donde hicimos noche en un B&B apocalíptico antes de recoger las llaves del nuevo hogar.

Durante la primera semana nos dedicamos a montar, desmontar, hacer y deshacer. Subir y bajar cajas, sacar y meter cartones en los contenedores y limpiar y relimpiar cada centímetro cuadrado de una casa de dimensiones “ligeramente más pequeñas” que las de Dundee. En ocasiones recordé a Ramón García diciendo aquello de “a ver si conseguís meter a 20 personas en un 600”. Pues bien, organizar una casa tiene tintes aún más dramáticos cuando pasas de dos armarios empotrados a uno pequeño y un cuartito trastero a la entrada del piso. Tuvimos que invocar una vez más al Dios Ikea y hacernos de nuevo con otra furgoneta para llenar de sistemas de almacenaje y de paso, un par de sofás para no volvernos con las manos vacías.

Pero como esta historia ya os digo que dura más de cuarenta días, yo volví a Dundee. La vida seguí para nosotros, ahora y durante un tiempo limitado, a 600 kilómetros de distancia. Y nada más volver a incorporarme a la nueva rutina, el coche decidió que no daba ni una vuelta más. Fui a pasarle la ITV y ahí dijo basta: corroído hasta la médula espinal. Ni una mísera barra del coche aguantaría una noche sumergida en Coca-Cola. He de decir que bastante suerte hemos tenido de que sus últimos coletazos no los haya dado en mitad de una autovía o en una de las excursiones a las Highlands, porque ahí sí que lo habríamos lamentado. Pero con toda la tristeza de mi corazón, hubo que decirle adiós al Almera, y darle la bienvenida al nuevo Megane. Este cambio conllevó algo más de una semana de búsqueda intensiva por las redes, como si de la madre de Marco se tratase. Había que encontrar algo bueno, bonito y barato. Vale, no era imprescindible que fuera bonito, pero sí que fuera bueno y barato. Y ahí, en un taller en mitad de la nada al norte de Dundee, apareció el que espero que sea nuestro compañero de viajes en el futuro próximo.

Estos dos últimos fines de semana me los he pasado también sobrevolando la isla. Saliendo del trabajo el viernes y yendo a terminar de atar cabos allá por el sur. Y como dice el refrán: “las cosas de palacio van despacio”. De todos modos, ya casi todo ha echado a rodar. Sólo falto yo, la guinda del pastel. Está claro que lo bueno se hace desear, así que el desenlace final de la aventura todavía está por llegar. Siento haber tenido este espacio tan abandonado, pero es que mis capacidades mentales han estado algo menguadas durante este tiempo. Espero de todos modos, ir poco a poco volviendo a la normalidad y acostumbrándome a las nuevas rutinas Rodriguezrianas que las circunstancias me han impuesto. Como he dicho, todas estas historias tienen muchos más párrafos y anécdotas que contar, pero las dejaré para los días de navidad a aquel que le interesen. Para mi serán simplemente el recuerdo de unos días que me hicieron pensar algo más de la cuenta.

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Algo liado, de transición, pero… ¡sigo por aquí!

 

 

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