Adoro mi mano izquierda, me lo da todo. Desde pequeñito me ayuda a rascarme el ojo como si fuera un hámster, me hace escribir con la muñeca desencajada y es la responsable de generar auténticos estropicios cuando uso las tijeras –las de diestros. Ser zurdo es un orgullo, poca gente lo es y como somos considerados demonios, raros, deformes… le da un toque de exotismo que te hace convertirte en un tipo interesante.

Y aunque la uso mucho menos, también quiero mucho a mi mano derecha. En un mundo de diestros resulta muy útil para desabrocharte la bragueta, sacarte las monedas del bolsillito ese pequeño de los vaqueros, para usar el ratón de los ordenadores o para pipetear en el laboratorio. Por eso a la mano derecha también hay que mimarla, pero ayer ella sufrió el primer accidente laboral de mi dilatada carrera como científico. Dentro de las millones de cosas terribles que te pueden pasar en un laboratorio, lo más tonto me tuvo que pasar a mí. Intentaré explicarlo con un lenguaje sencillo para los no duchos en la materia.

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En el laboratorio trabajamos con células que crecen en placas de cultivo. En vez de comer bistecs de ternera como nosotros, se alimentan a través de un medio líquido de color generalmente rojo que es lo que sale en los telediarios cuando sacan a alguien relacionado con ciencia e investigación. Este medio es el que les aporta nutrientes para que crezcan sanas y nos hagan ir los fines de semana a cambiarlas a placas más grandes porque ellas no entienden de descanso y se dedican a dividirse como si no hubiera mañana. Pues bien, para cambiar ese medio antes de añadir nuevo hay que quitar el viejo usando unas pipetas que pueden ser de plástico o de cristal — ambas completamente estériles porque no queremos que nada indeseable vaya a convivir con nuestras pequeñas y nos arruinen la semana. Pues bien, obviamente mi historia de hoy está relacionado con estas pipetas que para hacer la historia interesante, en mi laboratorio son de cristal.

Cambiar el medio de las células es lo más rutinario que hacemos, si contamos con que  llevo ocho años ya metido en un laboratorio y uso unas 20 o 30 pipetas al día no sé ni calcular la cantidad de ellas que habré usado. Ayer, la primera decidió romperse en el momento en el que iba a acoplarla a la bomba de vacío y… se llevó con ella todo lo que pilló a su paso. Desastre total, mi pobre dedo índice fue detrás. Y como os podréis imaginar, la combinación de cristal con yema de los dedos… igual a matanza de cerdo ibérico.

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No relataré la sangría por no ser desagradable y por no traumatizar al público infantil, pero el manantial de Solán de Cabras se queda corto al lado de esto. Por suerte, el destrozo no fue muy grande y tras tres horas en el Ninewells hospital — al que no habíamos ido en dos años y medio y al que hemos ido tres veces en las dos últimas semanas — salí limpio y con un bonito punto de boxeador americano que queda muy chulo aunque no me lo veo. La estancia en urgencias fue cuanto menos graciosa. Por suerte, a lo largo de mi vida de no tener que ir a urgencias en España, pero me fascinó bastante el proceso de admisión que tuve aquí ayer. Según entramos por la puerta de urgencias, la señorita de la recepción me preguntó por mi vida y obra, mi dirección, edad, teléfono, los datos de Marta, mi religión… y me hizo pasar a una sala de espera. Pero… ¿me preguntó qué me pasaba? No, no lo hizo. Debe ser que al medico de urgencias le resulta más interesante saber si has hecho la comunión o si rezas mirando a La Meca antes que saber si te estás desangrando.

Aunque tengo que decir que no me puedo quejar de la atención, que aunque fue lenta, fue muy buena. Tres enfermeras y un médico tocaron, fotografiaron, limpiaron y vendaron mi desfigurado dedo y lo dejaron muy requeteapañado para unos cuantos días. Ahora comprendo bien todas las clases del sistema circulatorio y es verdad que la sangre circula por el cuerpo, porque cada vez que cojo cosas con la mano derecha o la bajo por debajo del corazón noto todo mi líquido elemento fluir por mi dedo y esto me produce una sensación bastante desagradable que espero que se pase pronto. Pero lo mejor es el espectáculo que tenemos ahora montado en casa, es algo épico y estoy seguro que trovadores dundonian lo relatarán en el futuro. Marta está también convaleciente moviéndose menos que un Power Ranger después de enfrentarse a un ejército de Masillas y yo estoy en una situación en la que no puedo abrocharme los zapatos, por lo que el entrar y salir de casa se convierte en un proceso que lleva tiempo y preparación. Tanto, que ahora mismo parecemos más una casa de acogida que una joven pareja de treintañeros con fiestas de sol a sol. Dicen que hay momentos que se recuerdan toda la vida, ¿no? Este sin duda va a ser uno de ellos.

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Volviendo a la vida laboral, tengo que decir que en el laboratorio también me han tratado muy bien. Además de limpiar todo el reguero que dejé tras de mi, hoy me han hecho la comida, me han hecho una tarta de manzana y han terminado mis experimentos. Me siento muy en deuda con ellos, no se cuanto chocolate, cervezas y botellas de vino tendré que comprar, porque había pensado hacer tortillas de patatas pero claro, no puedo darles la vuelta así que tendré que dejar esto hasta después de la recuperación. Viendo las cosas por el lado bueno, al tener la mano izquierda operativa he podido hacer cosas y no tengo la sensación de haber sido un hombre-costra. No he pipeteado, pero en cambio he pasado un bonito día pegado a la pantalla del ordenador escuchando canciones en panyabí y comiendo como si estuvieran matando a un cerdo antes de la matanza. O espera, ¿eso no fue ayer?

 

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